¿Qué esperamos de la escuela de nuestros hijos?

Aprender es la actividad humana más característica y, por supuesto, es un placer. Sin embargo, esto no ocurre en bastantes de nuestras escuelas (por cierto, tampoco en aquellas a las que asistimos nosotros cuando éramos niños, por lo que no es cierto que cualquier tiempo pasado fuera mejor). Y lo peor es que, en muchas ocasiones, cuanto mayor es el niño más aumenta el desagrado por ir al colegio. Se van sumando las incompetencias en las que le han clasificado, el fastidio de dedicarse a algo para lo que no está dotado y le aburre. ¡Cuantos científicos, artistas y programadores se han frustrado en los corsés escolares!

Creo que hace una o dos generaciones no se cuestionaba el desagrado del niño. A la escuela se iba porque era obligatoria… ¡y punto! Pero en realidad, es una tragedia. Si se le quita a la persona el placer de aprender será menos feliz y menos persona. Y, ciertamente, menos útil para la sociedad. Habrán malgastado su infancia, ese periodo tan fértil para el desarrollo intelectual. ¡Es algo terrible!

Pero, ¿cuáles son las causas? En mi opinión, el enfoque de querer hacer a los niños “mujeres y hombres de provecho”. De provecho… ¿para quién? ¿Para el mercado de trabajo? Bueno, en principio se supone que saldrán del colegio preparados para ser útiles a la sociedad. Pero, ¿a costa de qué? Y, sobre todo, ¿es eso realmente cierto?

El principal provecho de la escuela debería ser el despliegue de las capacidades de cada niño al máximo, abrirles el mundo a las múltiples oportunidades que existen y que cada uno las aproveche para su desarrollo. De esta forma saldrán de la escuela con el convencimiento de que aprender es gozoso, que les sirve personalmente para su desarrollo y que son útiles en aquello en lo que son más competentes. Así sí es posible encontrar aquella capacidad innata e individual con la que pueden además mejorar la sociedad en la que viven. Esta conferencia de Francesco Tonucci resume muy bien esta forma de educar a la que me refiero.

Enseñar a aprender, a compartir, a colaborar y no competir, a debatir y solucionar problemas mediante la discusión y el acuerdo… ¡Tantas cosas importantes! No se puede hacer un arquitecto de alguien que tiene una orientación espacial limitada, pero sí se puede hacer que aprecie la belleza y la utilidad. Es complicado hacer un ingeniero de alguien que no tenga facilidad para las matemáticas, pero eso seguramente no le impedirá utilizarlas para un negocio.

Niños felices con capacidades desarrolladas cada uno a su medida y con el máximo esfuerzo puesto en algo que merece su atención. Ése es el objetivo. ¿Se necesita mucha más inversión? Quizá algo, pero no es lo más importante. Las nuevas tecnologías pueden ser una poderosa herramienta. De lo que no hay duda es que una correcta orientación pedagógica significa la diferencia entre una escuela de éxito para la vida o no.

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